Diez días de pura aventura por Guanacaste, parte 1

Diez días de pura aventura por Guanacaste, parte 1

Acabamos el voluntariado con las tortugas lora de Ostional. Por delante, 10 días de pura aventura. No teníamos concretado ningún voluntariado, así que decidimos recorrer las playas de la costa de Guanacaste. Lo haríamos a pie, acampando en ellas. Atrás dejábamos el enclave natural de Ostional, donde aprendimos mucho sobre la tortuga lora, y donde comimos las mejores empanadas de arroz con pollo de Doña Ana. De hecho, compramos las últimas antes de irnos para almorzar en nuestro siguiente destino: Playa San Juanillo.

Playa San Juanillo, Guanacaste

Con la mochila a cuestas, dimos el primer paso del que sabíamos que iba a ser un camino largo, unos días pesados. Pero no importaba, la ilusión, el entusiasmo por descubrir nuevos lugares y vivir experiencias nuevas, eran el motor que nos impulsaba. Después de hora y media andando, y gracias a una ayuda en el último tramo, llegamos a San Juanillo. En la costa central del pacífico de Guanacaste. Un pueblo pequeño, con la típica plaza costarricense, un supermercado (de precios elevados comparados con los de la zona), algunos bares, y dos playas. ¿Derecha o izquierda?

Escogimos el camino de la derecha, pero llegamos a una playa en la que acampar era inviable por la crecida de la marea. Además, no se asemejaba a la playa que habíamos visto en fotos. ¿Quizás si bordeamos la costa por la parte izquierda encontremos un buen sitio? – pensamos. Y, ahí estaba. Agua cristalina, arena rubia, y un montículo del que podríamos apreciar la belleza de la playa, partida por la mitad, si subíamos a él. Recuerdo el cielo, oscuro. Empezaron a caer las primeras gotas. Se avecinaba lluvia. Hay que montar la tienda de campaña en tiempo récord. Pero estábamos en el lugar que buscábamos.

El campamento base

Y así fue. Gracias al trabajo en equipo, en menos de cinco minutos la caseta estaba montada, y las mochilas dentro. Escogimos un lugar situado bajo un árbol, que nos daría sombra durante el día, y haría la función de paraguas. Según el parte metereológico estaría lloviendo hasta las tres de la tarde. Era la una. Teníamos dos horas para intentar recolectar madera seca para que no se mojase, e ir a buscar agua. Cáhil se encargo de buscar el agua. Aunque le costó bastante ya que los vecinos del lugar no le respondían. Finalmente, consiguió agarrar agua potable de un tubo. Con la leña a buen recaudo, y las botellas de agua llenas, era el momento de comernos las empanadas de Doña Ana. ¡Qué ricas!

La lluvia cesó. La marea estaba baja. Cáhil y yo decidimos dar un paseo por la orilla. Cuando de repente, ¿qué ven mis ojos? “¿burgaos?” En las Islas Canarias tengo costumbre de ir a coger burgaos y comerlos en familia. Para quién no sepa qué son, son caracoles marinos que crecen en las rocas de la orilla de la playa, si se dan las condiciones óptimas. Al principio dudé, pero parecía que sí lo eran, aunque con una concha diferente. Cáhil me dijo que jamás los había comido. Fuimos a buscar una bolsa a la caseta para agarrar unos cuantos y hacerlos para cenar. Ana tampoco los había probado nunca.

La playa

Antes de que cayera la noche nos pusimos manos a la obra con el fuego. Tomamos agua del mar, y pusimos los burgaos a hervir. Estaban muy buenos de sabor. Tan ricos, que pensamos en cocinar pasta con burgaos al día siguiente. Antes de que acabáramos, para nuestra sorpresa, estaba sucediendo una batalla campal en la arena. Miles de cangrejos ermitaños se estaban peleando entre ellos por coger los caparazones de los burgaos ya vacíos. Alucinante. Jamás había visto nada igual. Entre los cangrejos ermitaños, y la gran cantidad de mosquitos que nos devoraban. Recogimos todo y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, después de desayunar avena y fruta, pasamos un día bastante relajado. Paseamos por la playa, buscamos burgaos, caminamos por la angosta costa en marea baja, hicimos snorkel, subimos al montículo a tomar fotos, cocinamos pasta con tomate y burgaos, tomamos sol, y contemplamos una maravillosa puesta de sol sobre el oceano pacífico. Sencillamente mágico. Fue un día bastante reparador. Cogimos fuerzas porque a la mañana siguiente emprendíamos un largo camino por Guanacaste, debíamos continuar con la aventura.

Nos despertamos al amanecer. El despertador había sonado, pero rápidamente lo apagué, – unos minutos más pensé. Cáhil y Ana no lo escucharon, así que aproveche para remolonear un poco. La luz del día, y el creciente calor que hacía desde las 5.30 de la mañana nos pusieron en marcha. Desayunamos, recogimos el campamento base, y salimos rumbo Playa Avellanas. Nos esperaba un largo día de camino, aunque no éramos conscientes de ello. Pero esa historia se las cuento en el siguiente post. Pura Vida