Aventura por Guanacaste, parte II

Aventura por Guanacaste, parte II

Lo prometido es deuda. Aquí la segunda entrega del relato acerca de nuestra aventura por Guanacaste. Si no leíste la primera parte, puedes hacerlo aquí. Después de dos noches en Playa San Juanillo, nos levantamos temprano, y empacamos todas las cosas. Tardamos más de lo normal, la pereza se había apoderado de nosotros. Ya llevábamos varios días durmiendo en el suelo, y eso se notaba.

Cargamos nuestras mochilas a la espalda, y echamos a caminar hasta que salimos completamente del pueblo, tomando la carretera de tierra principal. Nuestro objetivo, que alguien nos hiciera las cuestas más llevaderas. Teníamos que llegar hasta un cruce a unos 20 kilómetros de San Juanillo. Ahí sería donde tomaríamos un desvío hacia Paraíso. Nuestra aventura por Guanacaste continuaba.

Aventura por Guanacaste Costa Rica

El camino de aventura por Guanacaste

La carretera empedregada era cuesta arriba, y el calor ya apretaba bastante. Fue cuando Zack nos recogió. “Voy aquí no más, a diez minutos”, nos dijo. “Diez minutos son diez minutos”, le contestamos. Nos bajamos del coche y andamos unos 500 metros hasta que nos topamos con una cuesta con una pendiente del 70%.

Ahí esperamos hasta que una amable pareja nos alcanzó hasta el cruce que debíamos tomar para llegar al pueblo de Paraíso. Queríamos llegar ese día a Playa Avellanas, y acampar en Playa Negra. Y esa era la ruta de conexión perfecta. Por fin entramos en el sendero, donde un hombre amablemente nos ofreció rellenarnos las botellas con agua fresca. Nos salvó realmente.

El sendero que tomamos era bastante bonito. Por él acortábamos bastante recorrido. Eso sí, tuvimos que atravesar dos ríos en los que tuvimos que descalzarnos ya que el agua nos llegaba por la rodilla. Sencillamente divertido la verdad. Eso de superar obstáculos de ese tipo, nos hizo más ameno el camino. Estaba encantada con nuestra aventura por Guanacaste.

Aventura por Guanacaste Costa Rica

Admiramos el paisaje como nunca. Esos que solo se aprecian cuando te adentras en las profundidades de un lugar, dejando de lado el camino principal. Nos topamos con un ceibo enorme que no dudamos en abrazar para recuperar energías. Después, observamos un árbol cuyos frutos caían al suelo con un color verde que invitaba a ser comido. ¿Qué sería? “Vamos a probar”, dijimos. Cáhil tomó su cuchillo y lo partió en dos.

El olor era bastante bueno, me recordaba a los nísperos tal vez. Pero el sabor… El sabor era repugnante. Bastante amargo. No era comestible, y días más tarde averiguaríamos el por qué. Seguimos nuestro camino, cada vez más cansado. Ya no podía más. Hicimos una pequeña parada y nos tomamos un bizcocho a pie de camino, a la sombra de un lindo árbol. Pero teníamos que continuar nuestra aventura por Guanacaste.

De Paraíso a Playa Avellanas

Conseguimos llegar a Paraíso 20 minutos después. Ahí hicimos autostop, primero en el sentido contrario. El cansancio y el calor nos impidió pensar con claridad. Y no nos percatamos que estábamos en la dirección opuesta a nuestro destino. En vista de que no tuvimos éxito, decidimos avanzar hasta un cruce donde vendrían más coches. Pues la carretera venía del pueblo de Santa Cruz, un lugar bastante concurrido.

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En ese cruce conocimos a Manuel que nos llevó hasta la entrada de la misma Playa Avellana. Un hombre que trabaja conduciendo un suttle de transporte de turistas por el país. Tremendamente simpático, y el que se convirtió en fiel seguidor de nuestras hazañas. ¡Muchas gracias Manuel! Sin duda nuestra suerte cambió en nuestra aventura por Guanacaste cuando le encontramos.

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Llegamos a Avellanas. ¡Qué maravilla de lugar! Una amplia playa de arena rubia, y clara agua con oleaje ligero. Pero el chapuzón no llegó hasta más tarde. Primero, cruzamos el sendero de madera que pasaba por una ciénaga. Y ahí íbamos. Con la espalda ya destrozada de los casi 20 kilos que llevábamos encima.

Pero el paraje era realmente alucinante. Siendo sinceros, los tres íbamos con algo de susto. Las maderas estaban carcomidas. Rugían como si de una casa antigua se tratase. No inspiraban ninguna confianza. Además, Cáhil aseguró que si caíamos nos hundiríamos. Pero conseguimos superarlo con éxito.

Después pasamos un rato en la playa, hasta que la marea bajase, ya que las próximas dos noches la pasaríamos acampados en Playa Lagartillo. Se trata de un lugar escondido entre Playa Avellana y Playa Negra. Pero antes de instalar el campamento base, compramos algo en la pulperia. Las pulperías, para quién no lo sepa, son pequeños comercios familiares, como las típicas tiendas de aceite y vinagre canarias, en las que se vende algunos artículos básicos.

Acampada en Playa Lagartillo

Llegamos a Lagartillo, y Cáhil ya sabía el lugar perfecto para acampar. Operación montar la caseta y hacer fuego, pues el sol estaba pronto a esconderse tras el horizonte. El lugar era maravilloso, entre unos árboles a pie de playa. Estábamos completamente solos.Las únicas personas que se acercaban eran pescadores en la mañana y en la noche. Y la puesta de sol que presenciamos fue sencillamente mágica.

El día siguiente lo pasamos muy tranquilo. Disfrutamos de los paseos por la orilla, nadamos, hicimos snorkel, cocinamos… Fue verdaderamente maravilloso. En la tarde aprovechamos para darnos un baño con jabón orgánico y ecológico en el mar, y así eliminar el exceso de sal y sudor que habitaba en nuestro cuerpo.

Por la noche, con las llamas del fuego iluminándonos, nos dedicamos a contar nuestras experiencias más terroríficas. Esas historias que nos sucedieron en un pasado, o que conocíamos de alguien que había vivido situaciones espeluznantes.

Tras la charla, fuimos a dormir en la que sería nuestra última noche en ese lugar. Al día siguiente, viajaríamos hasta Sámara. Y fue ahí cuando nuestros planes sufrieron un ligero cambio. Cuando conocimos a Luis, quién nos invitó a que pasáramos la noche en su hogar. Pero eso, se los cuento en el siguiente relato. Nuestra aventura por Guanacaste nos daría muchas sorpresas a partir de ahí.